Edición Mayo 2015

La complejidad de ser Iglesia en sociedad

Iglesia y sociedad. Dos grandes temáticas que a veces no sabemos si una incluye a la otra, si van de la mano, si están totalmente disociadas. Hay tantas interpretaciones bíblicas y tantas creencias en este sentido, que aunque estemos en desacuerdo, debemos respetarnos, debemos poder convivir pacíficamente aunque seamos diferentes.

En algo que seguro la mayoría coincidimos, es que nuestra sociedad cambia con el transcurso de los años, incluso con el paso de los meses. Con esto quiero decir que la cultura social se va modificando a raíz de lo que va ocurriendo, y según mi opinión, podemos definir al menos dos posturas bastante claras aquí, una podría ser la postura del espectador, ¿qué quiere decir esto? que vemos a nuestra sociedad desde la perspectiva de otros/as, consumimos opiniones, ya no reflexionamos sobre lo que ocurre sino que repetimos lo que los medios masivos de comunicación nos venden sin pensar siquiera si está bien, si está mal, si es correcto, si no, etc. Con respecto a esto, debemos ser conscientes de que tanto la televisión como los medios reproducen sus propias ideologías y sobre todas las cosas, su finalidad es el rédito económico. La otra postura a la que hacía referencia es la de ser sociedad, es decir, involucrarnos con lo que pasa a nuestro alrededor, tomar partido, comprometernos y ser acción de cambio.

Entonces, con estas dos posturas podemos vincular la iglesia, siendo una iglesia que mira desde afuera, que no participa, que no se politiza; o ser una iglesia en sociedad, decida a comprometerse y servir a los demás de la mejor manera, que se ofrezca como herramienta e instrumento de cambio, de acción, de movimiento. Hay tantas maneras de ser iglesia que tratar de entender las realidades de cada una nos volvería reduccionistas, quizás es más certero comprendernos en la diversidad, y buscar la construcción de una sociedad más justa, más solidaria, con más amor, en forma conjunta.

Hace años ya, venimos hablando de construir una iglesia en la que nos den ganas de estar. Que frase tan dura y tan cierta a la vez. Podemos pensar en que si queremos construir algo donde nos den ganas de estar, admitimos que hoy en día nos resulta complicado darle tiempo a la fe, nos cuesta compartir la fe con nuestros/as hermanos/as; y no estamos lejos de la realidad pensando así… tenemos problemas para salir de las cuatro paredes del templo, pero también tenemos problemas para ir al templo; puesto en otras palabras, tenemos problemas para salir a la sociedad, nos cuesta comprometernos con el/la otro/a, ayudarlos/as, nos cuesta vincularnos con lo diferente, tenemos miedo a lo desconocido, nos cuesta llevar paz y amor al camino que nos toque transitar… y sí, nos cuesta ser iglesia en sociedad. Pero también nos cuesta hacer nuestros los espacios de la Iglesia, muchas veces no podemos hacernos el tiempo para ir a encuentros, y esa misma falta de tiempo nos lleva a no poder estar en comisiones, etcétera; en fin, también nos cuesta ser sociedad e iglesia a la par.

Pero, lo positivo de todo esto es que seguimos caminando, seguimos en la búsqueda; y ese es el primer paso para lograr cosas buenas.

En mi opinión, no podemos pensar en la Iglesia sino es en sociedad, es decir, no podemos desvincular una de la otra porque la razón de ser de la Iglesia caería en sí misma. No podemos encerrar la fe, ni reducirla a un espacio y tiempo determinado; la fe es lo que nos impulsa a vivir mejor, a seguir construyendo el Reino de Dios, nos invita a creer en una sociedad con más justicia, menos violencia y más amor. La fe nos llama a dejar la comodidad de lo conocido y descubrir el mundo de lo nuevo, de la diversidad, nos invita a comprometernos para hacer una Iglesia y una sociedad mejor. Vivir la fe es estar en movimiento, es estar en una búsqueda constante… vivir la fe es encontrar el equilibrio entre ser sociedad e iglesia, o ser iglesia y sociedad; vivir la fe es llevar la Vida Nueva a todos y todas, vivir la fe es sabernos parte de la sociedad. Vivir la fe, muchas veces significa tropezar, caer y aun así seguir.

“Si alguno dice: «Yo amo a Dios», y al mismo tiempo odia a su hermano, es un mentiroso. Pues si uno no ama a su hermano, a quien ve, tampoco puede amar a Dios, a quien no ve. Jesucristo nos ha dado este mandamiento: que el que ama a Dios, ame también a su hermano.” 1 Juan 4: 20-21

Daiana Genre Bert


Encuentre en esta edición

  • La actualidad de las obras diacónicas de la iglesia.
  • Iglesia y sociedad, un vínculo con historia.
  • Y muchas notas más…

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