tapa PV septiembre 2015

Apuntes de la Directora

La alegría de cantar, animar y animarse

Sin lugar a dudas, en nuestra iglesia el canto siempre es un motivo de alegría, o al menos de comunión. En todas las actividades esta expresión se hace presente, los/as chicos/as cantan desde pequeños en las escuelitas bíblicas, se canta en los campamentos, en las celebraciones, se canta para agradecer por las comidas… en fin, el canto es una parte esencial de nuestra identidad como valdenses.

Pensando en el pasado, quizás no demasiados años atrás, podemos darnos cuenta cómo ha cambiado la música en nuestra iglesia; seguramente esto tiene que ver con las influencias musicales del Río de la Plata, pero lo cierto es que aprendimos a entonar algunos géneros propios de nuestros países hermanos, como zambas, chamamés, candombes, entre otros. Y por esta razón han cambiado además las formas, los colores, los instrumentos y manera de cantar en nuestros templos; al decir esto recuerdo automáticamente la iglesia de San Gustavo (ER) en la tradicional Fiesta de la Cosecha, que es uno de los tantos ejemplos que podemos encontrar de nuestras celebraciones, pues todo se viste de colores, hay varias guitarras, piano, palos de lluvia, y muchos instrumentos artesanales que despiertan una alegría enorme, despiertan, quizás, nuestras ganas escondidas de cantar.

En nuestra iglesia existen muchos espacios donde podemos participar de acuerdo a nuestros dones y capacidades, y por qué no, de nuestras ganas. En la animación, como en tantas otras actividades, se celebra la diversidad de dones. Se celebra que cada uno/a se predisponga a ayudar de la manera que puede o quiere. Por ejemplo, bien sabemos que los espacios litúrgicos se convierten en espacios casi mágicos, donde hay un clima de cordialidad, paz, amabilidad… pero para que eso suceda, cada detalle fue pensado, cada objeto que está en el templo tiene su propósito, y cada mano que está colaborando lo hace de corazón para aportar sus ganas, su granito de arena. Así como hay quienes ayudan a ornamentar el lugar, hay quienes colaboran haciendo la reflexión, están los y las que tocan instrumentos, los/as que arrancar la canción cuando parece que nadie la sabe pero sólo es que nos faltaba coraje, los/as que acompañan con su voz, y también están aquellos que Dios les dio dones importantes pero raramente lo demuestran… los/as que se sientan atrás y los/as que se sientan adelante, personas que cantan fuerte, y personas que apenas se escuchan… ¡Gracias Dios por esta diversidad!, porque es por todo esto que estos momentos litúrgicos se convierten en algo fuera de lo común, gracias a todos estos detalles nos emociona escuchar cómo se entonan algunas canciones.

En la memoria de los y las más grandes deben estar guardados los himnos más lindos, y sin duda a muchos/as de los/as más jóvenes nos deben parecer conocidas las melodías de ‘Oh que Amigo nos es Cristo’ o ‘Cuan grande es Él’, canciones que nos hacen emocionar de una manera muy particular. Por eso es que pienso que somos nuestra historia, somos nuestras canciones… somos esos himnos que ponían felices a nuestros abuelos y abuelas, y aquellos coritos que cantamos de chicos/as… ahora quizás somos chamamés y candombes… somos palos de lluvia y guitarras… somos voces e instrumentos. Somos, también, música.

Daiana Genre Bert


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