Lee en tu Biblia: Marcos 10: 49

Cuando leemos la historia de Bartimeo automáticamente se nos vienen a la mente imágenes, analogías, dichos y comparaciones de cosas que nos pasan o nos han pasado. Lo más sencillo es decir que nos ponemos en su lugar y somos como ciegos porque no vemos la realidad acorde al mensaje del Evangelio. También es oportuno hablar de los discípulos y del celo con que cuidaban a Jesús al punto de llegar a decidir quiénes eran los que debían acercársele.

Si leemos los relatos de Mateo y de Lucas veremos que no abundan en tantos detalles como el de Marcos e incluso tienen algunas diferencias, pero lo lindo de este Marcos es la individualización de quien pide ayuda. Tiene nombre y se sabe de qué familia es. Evidentemente era conocido por todos, o casi todos y vivía de lo que la gente le daba ya que su condición no le permitía ser parte de la sociedad activa. Por eso cuando hablo de imágenes, analogías, dichos y comparaciones me resulta pertinente hacer una pregunta: si conocemos la historia y su desenlace ¿por qué siempre estamos esperando a que nos llamen para dar ese salto que nos acerque a Él? Evidentemente la fe la tenemos, pero siempre ahí bien guardadita como para que no se nos escape.

No esperemos el llamado de Jesús: Él ya nos eligió. No esperemos a que nos busquen: ya somos parte de su pueblo. ¿Entonces? Usemos todo eso que tenemos dentro para proclamar, alabar y cantar y dar gracias por la vida y contarle a nuestro hermano y hermana que no hay nada en el mundo que nos pueda alejar del amor de Dios.

Brian Tron


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