“Un día en que todo el pueblo estaba siendo bautizado, también fue bautizado Jesús… y vino una voz del cielo que decía ‘Tú eres mi Hijo amado, en quien me complazco’” (Lucas 3,21-22)

Ese domingo estaba caluroso, por eso tal vez estaba llorando. Y siguió llorando hasta el momento del bautismo. Ni siquiera se dejó recostar sobre el brazo de la madrina para ser mojada su cabeza tres veces. Pero cuando las primeras gotas rozaron sus cortos cabellos, el llanto paró y me miró con sus grandes ojos marrones. Y siguió mirándome mientras la bendecía, y no hubo más llanto hasta que terminó la celebración. Pudo haber sido casualidad, pero también pudo pasar que sintió el abrazo de Dios en ese preciso momento del bautismo.

¿Pues qué es el bautismo sino el abrazo de Dios dándonos la bienvenida a su Reino; susurrando a nuestro oído “Tú eres mi hijo amado” “Tú eres mi hija amada”; renovando todo nuestro ser con nueva vida; contagiándonos la certeza de que ya no caminamos solos, que en las praderas, y especialmente en los valles de sombra, Él, Dios, camina con nosotros…?

No es cuestión de conciencia, ni de conocimientos, es algo gratuito, un regalo, porque Dios nos ama y listo. Se siente, se percibe, es algo a veces inexplicable… Hay que tener ojos para ver, oídos para oír y corazón para sentirlo y vivirlo… “¡Gracias Dios por tu abrazo! Amén”

Mónica Hillmann


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