As a food distribution finishes many refugees go back to their tents empty-handed in the cold.

© Sean Hawkey/CMI

08 de Febrero 2016 – Consejo Mundial de Iglesias

Versión en español publicada el: 11 de Febrero 2016

El reciente y continuo flujo de migrantes y refugiados que están en tránsito hacia Europa está poniendo a prueba no solo las fronteras físicas de Europa sino también sus fronteras jurídicas, diplomáticas y de seguridad.

Las abrumadoras cifras han planteado serios problemas logísticos a los Estados de primera línea de la Unión Europea, han anegado el chirriante sistema de asilo europeo, han provocado la saturación y la multiplicación de centros de detención, y han puesto a prueba la voluntad política de los países de acogida, según los expertos que participaron en la reciente conferencia sobre la crisis de refugiados en Europa, organizada por el Consejo Mundial de Iglesias (CMI) y tres organismos de las Naciones Unidas.

La frontera líquida de Europa

La presión que soportan los sistemas de acogida y asentamiento de refugiados son especialmente evidentes en dos países de tránsito de primera línea: Grecia e Italia.
Entre el millón de personas que atravesaron mar o tierra para entrar en Europa en 2015 muchas venían de Siria e Irak, pero también había cientos de miles de personas que huían del caos que reina en otras naciones al sur de Europa.

Grecia, históricamente una encrucijada migratoria, “seguirá haciendo todo lo que pueda”, dijo el Embajador de Grecia ante las Naciones Unidas en Ginebra, Alexandros Alexandris. Pero “Grecia ha luchado por mantenerse fiel al cumplimiento de la prioridad humanitaria de salvar vidas a pesar de afrontar múltiples retos económicos y sociales”.

También Italia siente esa presión, dijo Paulo Naso, que coordina la Comisión de Estudio de la Federación de Iglesias Protestantes de Italia (FCEI). Las cerca de 100 000 personas que han sido rescatadas del mar desde octubre de 2013, cuando 368 personas perdieron la vida frente a la pequeña isla de Lampedusa, plantean enormes retos a quienes les proporcionan alimentos, refugio, protección, educación, servicios lingüísticos y de registro.

Pero rescatar y reasentar a los refugiados no es solo un problema italiano. “Lampedusa no es la frontera italiana”, dijo Naso pidiendo más ayuda, “es la frontera europea, un lugar donde nuestra cultura común de Europa sobrevivirá o morirá”.

Tensión en los sistemas

El registro de los refugiados es en sí mismo un proceso complicado. Los refugiados que huyen de la guerra, la persecución o los desastres naturales tienen derecho a obtener asilo en la Unión Europea (UE) en virtud del derecho internacional. Los migrantes que no sean considerados verdaderos refugiados podrían ser rechazados.
Aunque un acuerdo internacional entre los Estados de la UE y otros países europeos permite la libre circulación y acceso dentro del área europea conocida como el espacio Schengen –“uno de los mayores logros de la UE” según el embajador griego– los solicitantes de asilo no tienen derecho a circular libremente debido al “Reglamento de Dublín”.

Fueron numerosas las quejas sobre ese reglamento europeo durante la conferencia, ya que establece que las solicitudes de asilo deben ser examinadas por el Estado al que llega el solicitante, el cual debe permanecer en ese país hasta que se haya tramitado su solicitud de asilo.

Los refugiados se resisten a ser registrados y a que se tomen sus huellas dactilares, tal y como exige el sistema de Dublín, ya que permitirlo puede privarles de llegar a su destino deseado, comúnmente Alemania o Suecia, o allí donde ya se encuentren sus familiares. Las solicitudes de asilo pueden tardar hasta dos años en tramitarse.

“¡Dos años!” exclamó Naso; “Después de haber pasado dos años en el norte de África, de haber arriesgado sus vidas cruzando el Mediterráneo, les pedimos que pasen dos años sin saber si se les va a reconocer como refugiados, si se les permitirá quedarse en Italia o si se les reubicará en otro país. ¡Por supuesto que no funciona!”

Un particular rompecabezas ha planteado el caso de los menores no acompañados —niños— esos migrantes (del 10 al 15% del total) menores de 18 años sin tutor presente, que no reúnen los requisitos para obtener asilo pero tampoco pueden ser expulsados. Cargando ya con los traumas vividos en sus países de origen, estos niños permanecen en un limbo jurídico y les esperan años viviendo en campos de refugiados o en hogares temporales.

A menudo también las familias se dispersan durante su estancia o no entran en contacto fácilmente con los familiares que ya están en Europa. Las mujeres y las niñas necesitan protección contra la violencia de género y la prestación de servicios de salud sexual y reproductiva.

Es poco probable que la situación mejore próximamente en los países de tránsito. “Seguiremos viendo migraciones en masa”, dijo el Dr. Manuel Carballo, del Centro Internacional para la Migración, la Salud y el Desarrollo, “no solo de refugiados, sino también, por supuesto, de personas que se ven obligadas a huir debido a la pobreza y a la mala salud crónica”.

Boyas de esperanza

A pesar de las monumentales dificultades, los conferenciantes propusieron ideas importantes para reparar el sistema o coordinar las actividades. La Comunidad de San Egidio, por ejemplo, representada por Monseñor Marco Gnavi, describió una nueva iniciativa conjunta de las iglesias católica y protestante y el gobierno italiano para abrir pequeños centros en los que 7 000 “mediadores” cualificados podrán trabajar directamente con los refugiados más vulnerables para integrarlos en la cultura y la sociedad italianas.
“Necesitamos nuevas fuerzas” dijo Gnavi respecto al envejecimiento de la población italiana, “para entregar el testigo de nuestro patrimonio” a esos nuevos italianos.

El embajador Alexandris opinó que la participación directa de las comunidades y organizaciones de la iglesia tenía sentido en muchos aspectos: “En los difíciles momentos que vivimos, los líderes religiosos y culturales tienen un papel crucial y responsable en el establecimiento de una autoridad moral, instando a la unidad, la tolerancia y la solidaridad en la sociedad”.

La última frontera es espiritual. A pesar de todo la migración podría estimular un “examen de conciencia” en Europa, dijo Alexandris, y tal vez impulsar una nueva era de pluralismo religioso y cultural.

Nota original: www.oikoumene.org/es


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