El templo quedó en ruinasEl templo de Dolores está en ruinas. Quedó solamente el pequeño ábside detrás del púlpito. Y el armonio, ya rescatado y puesto a salvo, al menos la mayor parte de él.

El segundo domingo después del tornado, mientras visito y relevo familiares y amigos, me entero de que a las diez se haría el culto. Hacia allí me dirijo. Ya había un grupo considerable reunido. Llego y alcanzo a saludar a unos pocos cuando la pastora convoca a iniciar el oficio.

Reunidos en semicírculo frente a los restos del salón que oficiaba de lugar de reuniones de la Unión, el escenario donde cada diciembre se celebraba la Navidad, a cargo de los niños y jóvenes de la escuela dominical y el catecismo, donde antaño se hacían “las cenas con vistas”, donde nos enfrascábamos en interminables campeonatos de “ping pong” los días de lluvia…Donde se acumulan los afectos y la historia de la comunidad. Allí, sobre restos de baldosas rotas y tercamente barridas, se habían apilado algunos ladrillos y sobre ellos se había colocado una vela y un pequeño florero con una flor lila de camalote. A los pies del improvisado atril estaba abierta la biblia de siempre, con grandes huellas del paso de la tormenta. Letras apenas legibles, páginas arrugadas, pero símbolo indeleble e indestructible de la Palabra. El sol entibia la reunión.

Observo rostros, conocidos unos, nuevos otros. Gestos adustos, ojos enrojecidos, acuosos algunos, miradas que apuntan a mas allá del horizonte, mandíbulas apretadas, cabezas gachas, otras levantadas. Las arrugas parecen más marcadas luego de noches cortas de sueño y días largos de trabajo solidario, removiendo escombros, rescatando lo que quedó más o menos reutilizable, ayudando a hermanos y vecinos, donando tiempo personal (el mayor tesoro de una persona) en tareas de organización comunitaria.

Con el primer canto (tocado y cantado de memoria debido a la falta de himnarios) las voces surgen fuertes, nítidas, se elevan con fuerza y sin temblor alguno. Cuando se dan gracias, los presentes se refieren a terceros, a otras familias que sufren pérdidas, interceden para darle fuerzas a quienes están manteniendo la lucha en hospitales lejos del pueblo arrasado. Nadie se acuerda de pedir para sí mismo pero sí para otros. Se comienzan a ordenar prioridades: construcción de duchas para todos aquellos que están hacinados en casas de parientes o vecinos, ayudas diversas a la comunidad, evaluar y mejorar algún sector del salón para que se pueda restablecer la energía eléctrica, suspendida por los riesgos de los cables sueltos. Pero nadie menciona al templo. Qué curioso! Algunas miradas se dirigen hacia sus restos, pero nadie lo nombra.

Y ahí caigo en la cuenta. Nadie parece dudar de que el templo se va a erigir nuevamente, en la forma que tenía o en algún modelo distinto, para también restaurar la interrumpida continuidad de la historia comunitaria, pero en este momento no es prioritario. Hay tantas otras cosas para hacer antes! Y, además, los valdenses tampoco precisamos de un templo para congregarnos. En casi 900 años de historia nos hemos congregado en casas particulares adonde los barbas de antes y los de ahora llevaban y llevan el Evangelio, en montañas y prados, en bosques y caminos, en grutas y cuevas. O en medio de los escombros dejados por la furia del viento! La comunidad le da valor al hecho de reunirse y no al lugar donde lo hace.

El culto termina. Estoy seguro que las caras han cambiado. Muestran fe, confianza, el alivio de la carga y la angustia compartidas, determinación de seguir adelante. Saludo a los que no había saludado antes, intercambiamos noticias del resto de la familia, vecinos, amigos. Ya algunos organizaban los pasos a seguir en algunas actividades: dónde se reuniría el consistorio, cómo se clasificarían los ladrillos y aberturas para ver qué se podría reciclar, levantar un paredón caído, presupuestar reparaciones costeadas con algunas donaciones, en fin, nada nuevo, sólo lo que “habitualmente se hace luego de una catástrofe”. No han faltado dificultades ni obstáculos a superar a lo largo de nuestra historia. Este es sólo uno más, quizás distinto e inesperado, pero sólo uno más.

Y de pronto, todo me queda muy claro: el templo está en ruinas pero la Iglesia está tan entera y viva como siempre.

Nelson Pizzano Charbonnier


Una respuesta a “El templo está en ruinas”

  1. cecilia fernandez dice:

    Gracias, hermanos por este testimonio.
    Porque el camino es largo y a veces difícil, el amor de Dios nos guíe y reconforte, que sea siempre nuestra piedra fundamental y que frente a la liturgia de la vida podamos reconocer los gestos que fortalecen a cada uno y a la comunidad.