El título de esta reflexión es lo que parece transmitirnos el evangelio de Juan en el relato de la resurrección de Lázaro cuando nos dice “Jesús, al ver llorar a María y a los judíos que habían llegado con ella, se conmovió profundamente y se estremeció…” (vs. 33).

Conmoverse profundamente y estremecerse frente al dolor de la pérdida de un ser querido es lo que sintió Jesús. Conmoverse profundamente y estremecerse por el dolor de otras y otros eso también sintió Jesús quizás cuando la tarde agonizaba. Conmoverse profundamente y estremecerse es la experiencia vital del encuentro de Jesús con mujeres y varones, adultos y niños, enfermos y solos en su camino hacia Jerusalén. Conmoverse profundamente y estremecerse es lo que permite que la oscuridad no le gane al día, y que nuestros días de 12 horas se llenen de signos y señales que anuncien la resurrección de los cuerpos tan maltratados y violentados ya ahora, en nuestras cotidianidades.

Conmoverse profundamente y estremecerse es ganarle al mal olor de la muerte que se anuncia en la miseria, en el hambre, en el desempleo, en el cansancio consumista que nos vuelve individualistas, nos deja en las seguridades de los templos, y nos priva del placer del encuentro del camino por la vida.

Conmoverse profundamente y estremecerse es ganarnos a nosotros mismos, quitar nuestras piedras, mirar, escuchar, dar gracias y sentir la invitación de Jesús en su más profunda humanidad cuando nos dice “sal de ahí” y anímate a creer que puedes ser partícipe de las resurrecciones del día de 12 horas. Amén


Pastora Blanca Armand Pilón


Los comentarios están cerrados.