Lee en tu Biblia: Mateo 26:14-27:66.

Seguramente muchas veces hemos leído o escuchado la historia sobre la muerte de Jesús. En el relato del Evangelio de Mateo los hechos que se cuentan van desde el ofrecimiento de Judas de entregar a Jesús a los principales sacerdotes, hasta el pedido de asegurar el sepulcro de Jesús con un guardia que vigile.

Durante la narración se describen situaciones que evocan mucha tristeza e impotencia, como ser: traiciones, falsos testimonios, acusaciones, negaciones, burlas, violencia, ostentación de poder, persuasiones, humillaciones. Todo este accionar de parte de los discípulos, los sumos sacerdotes, gobernantes, soldados y del pueblo, se contrasta con la actitud de Jesús que no responde a los agravios ni se deja provocar por las humillaciones o acusaciones recibidas.

Jesús, hasta último momento, está dando testimonio del amor de Dios, de lo que para él significa que se cumplan las Escrituras y los dichos de los profetas. Nada de lo que él hizo a lo largo de su ministerio ni de su vida tuvo que ver con la violencia, el uso del poder ni con imponer a la fuerza el nombre de Dios. En el tiempo de su muerte, por más angustiante y triste que sea, tampoco caerá en la tentación de ser como quienes lo acusan y lo crucifican.

Dios se revela en su hijo Jesús, ese que no se salva a sí mismo sino que atraviesa ese dolor, como tantos otros y otras. Jesús se identifica con todas aquellas personas que son víctimas del odio, de la violencia, del hambre por el poder y el dinero. Jesús es parte de los y las que sufren la crueldad en este mundo.

Yanina Vigna
Asesora de los Centros Diacónicos Valdenses en Argentina.


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