Apuntes de la Directora

Como pueden ver en las páginas posteriores y también entre líneas en la portada, en esta edición intentamos reflexionar sobre los modos en que uno/a puede vivir su fe, esa fe personal e íntima, que se renueva y se alimenta en la vida comunitaria, en el encuentro con el otro y la otra. Y este pequeño texto intenta presentar un contenido que apunta a seguir reflexionando y construyendo una iglesia para todos y todas, hoy.

Mientras pensaba cómo encarar esta editorial sobre este tema tan interesante pero tan complejo a su vez, mate mediante, recordaba dos frases que, al menos a mí, siempre me llaman a la reflexión, a la crítica y a la acción. Una tiene que ver con la visión de nuestra iglesia, y la otra surge en el marco de la Reforma Protestante. Una hace referencia implícita a quedarse, y la otra a cambiar, ambas miran hacia adentro de la Iglesia y nos llaman a construir.

Y si de construir «una iglesia donde den ganas de estar» se trata… el ejercicio de mirarnos es el primer paso. Me miro a mi misma. Aprendo a conocerme. Me reconozco. Cambio, y empiezo de nuevo. Te miro. Aprendo a conocerte. ¿Te reconozco?

Creo que la clave está ahí, en reconocernos… formamos parte de una iglesia plural. A nuestras celebraciones viene Carlos, el albañil que le cuesta llegar a fin de mes y el que lleva a sus hijos a la escuela aunque llueva; viene también Fernando, el médico que hoy perdió a una paciente; viene Florencia, la nieta de Martita, que quiere estudiar ingeniería civil; viene Martita junto con su esposo de toda la vida; viene Raquel, la hija de Martita que es madre soltera. Y siguen viniendo Mariano, el que no quiere casarse; y Beatriz, que no quiere tener hijos/as; viene Laura, la que sufría acoso en la escuela del barrio por ser ‘la gordita’; viene Pedro, que hace poco que su hijo, Mauricio, le contó que es gay; y viene Mauricio, que se siente mal porque cree que todos/as hablan de él. Además viene Juan, peronista; y Lucía, frenteamplista; Alfredo, argentino, y Cristina, uruguaya, ambos de centro derecha, y vienen Julio e Isabel, de izquierda.

Y sí, nuestra iglesia es muy diversa, y ahí también reside una de nuestras riquezas. Quizás parezca de lejos que Beatriz no tiene nada que ver con Martita, o Alfredo con Isabel; pero tenemos algo en común que es la herramienta para que podamos dialogar, para que compartamos la mesa, el vino y el pan. Es la fe ese condimento esencial y superador, que me invita a conocer a quien camina conmigo, y a reconocernos como personas diferentes pero parte de un mismo cuerpo. Es la fe lo que nos mueve y nos llama a construir «una iglesia donde den ganas de estar».

La otra frase que hablaba al comienzo es «una iglesia reformada, siempre reformándose», que sigue la misma línea que la primera, pero un paso adelante, ya creciendo y afianzándonos desde la diversidad, y, lógicamente, desde el respeto y el amor. En mi opinión, siendo una iglesia estática nuestros espacios van a estar cada vez más vacíos, y eso me lleva a preguntarme si nuestros espacios estarán quedando estáticos… En este sentido, creo que hay quienes ven al número de asistentes como reflejo de la fe, y también hay quienes creen que la fe no sólo se vive en la iglesia, como institución, sino afuera, en el encuentro con el otro y la otra.

En definitiva, partiendo de esas dos frases y con un mate ya lavado, creo que mi fe se refleja en la relación con el otro y la otra, porque mi fe, tan personal e íntima como dije antes, se alimenta y renueva en ese encuentro.

No hay verdades absolutas, ni una manera de vivir la fe mejor que otra, sólo somos diferentes. Que Dios nos dé sabiduría para poder entender esto, y que nos bendiga con una gran cuota de empatía y amabilidad.

Daiana Genre Bert


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