Cuando Lutero hizo públicas las famosas 95 tesis, no imaginaba que sus discrepancias con el papado acompañarían también la maduración de nuevas estructuras. Tampoco debe haber supuesto, al redactar el ‘discurso a la nobleza alemana’ (1520), que se dirigía a los soberanos de lo que tres siglos después sería un Estado unificado.

Cuando en 1541 Calvino propuso organizar la iglesia ginebrina en torno a cuatro grandes funciones con fundamento bíblico, no podía suponer que en su eclesiología habitaba el germen de la mentalidad moderna. Su propuesta depositaba el gobierno de la iglesia entre el laicado y asignaba al pastor una función complementaria al resto de los ministerios, quebrando la idea de una organización jerárquica donde el poder era ejercido por una autoridad superior e incuestionable.

Entre dos tiempos

A principios del siglo XVI las bases de la sociedad medieval ya estaban en agonía y comenzaba a moldearse una nueva mentalidad. Parados a medio camino entre el Medioevo y la Modernidad, los reformadores colaboraron con sus planteos a erosionar ese mundo feudal sostenido teológicamente desde el papado. Queriendo reformar la iglesia, sus argumentos contribuyeron al surgimiento de una nueva era.

En ese tránsito, los argumentos teológicos y los conflictos políticos que instaló el protestantismo también dieron andamiaje al surgimiento del Estado moderno. En él los herejes se convirtieron en ciudadanos.

Pero sería algo autocomplaciente afirmar que la Reforma sentó las bases del Estado moderno. Más bien deberíamos decir que en este medio milenio de historia compartida, el pensamiento protestante y los conflictos que este planteó acompañaron la maduración de las instituciones de la modernidad.

Abriendo la caja

“Mi conciencia está atrapada en la Palabra de Dios” –dijo Lutero ante el Emperador en 1521- “no puedo ni voy a retractarme de nada”. Al cuestionar al papado y hacer de las Escrituras la verdadera fuente de fe, Lutero quebró el monopolio de la autoridad religiosa. Rehusó retractarse afirmando que su conciencia y su interpretación de los textos eran una fuerza que no podía desobedecer, y eso abrió una caja de Pandora.

Con una teología marcada por el desprecio a la vida ociosa, Calvino volcó muchas de sus energías a impulsar la instrucción de los jóvenes, la educación universitaria, la formación de los laicos y su participación activa en el gobierno de la iglesia. Al afirmar que todo el bien que el hombre pudiera hacer era una forma de glorificar a Dios, Calvino sentó las bases de una ética disciplinada, laboriosa y de compromiso social.

Promoviendo la educación como requisito para que todos los creyentes pudiesen acceder a las Escrituras, abordando las controversias teológicas con discusiones acaloradas y apelando a una interpretación racional de los textos, los reformadores ayudaron a formar una mentalidad más receptiva a la pluralidad. Por momentos ellos también asumieron posturas intransigentes, pero a la larga su reflexión y sus iniciativas validaron el derecho a la diferencia.

Cuando la sangre grita

Decir que la Reforma tuvo un impacto directo sobre el Estado moderno es una afirmación demasiado amplia para pronunciarla a la ligera. Más que eso, el protestantismo incidió en el surgimiento de una nueva mentalidad, poniendo en duda la inefabilidad de toda autoridad humana y legitimando –aun sin quererlo- la aparición de nuevas corrientes dentro del cristianismo.

Pero la muerte de Servet, la persecución a los anabaptistas, la represión a los campesinos alemanes y toda la sangre derramada en las guerras de religión también instaló problemáticas que debieron enfrentar los estados modernos. La pregunta por los límites de la tolerancia religiosa, la relación con las minorías y el vínculo entre la iglesia y la autoridad política son tópicos que permanecen hoy en la agenda pública.

Como valdenses, desde 1848 hemos dejado de ser herejes o meros súbditos para ser reconocidos como sujetos de derecho. Pero aún hoy se sigue planteando la pregunta por los grupos vulnerados, y desde la tierra clama la sangre de quienes son silenciados por el poder del fundamentalismo, del interés de lucro o del conservadurismo reaccionario. Como en el relato de Caín y Abel (Gén. 4:10) esas voces claman desde la tierra, y son tan similares a las de nuestros antecesores que no podemos fingir sordera.

 

Javier Pioli

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