Parto en este humilde artículo de la tesis que la Reforma Protestante tiene una deuda hacia las mujeres de aquel tiempo y con las mujeres del hoy. Lo mismo que el cristianismo primitivo, o los de los posteriores siglos, pasando por la Reforma Protestante, caminando la Revolución francesa, libertad, igualdad, fraternidad, incluyendo los movimientos de izquierda “revolucionaria” a nivel mundial y locales, por supuesto, las mujeres fueron y son activas partícipes en las luchas por los cambios, y olvidadas a la hora de “repartir el poder” en la continua desigualdad de roles y funciones, de permisos y prohibiciones que la cultura da a unos y quita a otras. Y/o ofreciendo el patriarcado y también el patriarcado religioso el poder a algunas mujeres para ser manejado con categorías patriarcales, que enlentecen y complejizan el ya difícil proceso de cambio en lo que a igualdad de género refiere.

Es posible que nos preguntemos si a la Reforma Protestante le correspondía hacer o proyectarse en cambios que tocarían justamente el corazón de lo que sostenía y sostiene el orden imperante, tanto social, económico, político, sexual. Es posible que nos ubiquemos a la distancia “objetiva” y digamos no, eso no corresponde analizarlo desde hoy, con nuestras categorías de análisis del siglo XXI. Podemos seguir usando la categoría de tiempo como excusa o podemos seguir interpelándonos y preguntarnos por qué hoy a 500 años de la Reforma Protestante y a 800 años del Movimiento Valdense algunas cosas permanecen incambiables en lo que a igualdad de género refiere.

¿Qué sucedió con la “Lux lucet in tenebris” que no puede iluminar los oscuros rincones de las relaciones de género que violentan cotidianamente a millones de mujeres en el mundo y a tantas mujeres valdenses en las comunidades? ¿Qué ha sucedido con la Gracia Misericordiosa de Dios en Cristo, que se alcanza por la fe y no por las obras? ¿Qué ha pasado y pasa con las mujeres que llenan templos, que transmiten la fe, que sirven desde las obras de sus manos pero pareciera que viven olvidadas de la gracia salvadora que otorga libertad a la vida y autonomía a los cuerpos? ¿Qué nos sucede que no podemos incorporar un lenguaje inclusivo que dé cuenta de la diversidad que habita nuestras comunidades? ¿Y un nuevo lenguaje teológico?, del que seguramente Jesús estaría feliz, porque el vino a mostrarnos a un Dios cercano y a superar el Dios patriarcal del Antiguo Testamento.

Dos son las tareas que Jesús encomienda a sus discípulas y discípulos de todos los tiempos: Predicar y Sanar. ¿Qué ha pasado entonces que las tareas se dividieron por género desde hace siglos? ¿Qué fue lo que sucedió que la Palabra, con su hermenéutica del Poder quedó en la Voz de los varones de las iglesias y la Sanación-Servicio quedó en la fuerza de las Manos de las mujeres y en el silencio de sus voces? Hasta me atrevería a preguntarme por la relación de la Reforma y la persecución y genocidio de las brujas, mujeres sanadoras con poder de autonomía.

Existe un abanico plural y diverso de mujeres: tanto en los textos bíblicos como en la historia del cristianismo y la historia de la humanidad, encontramos mujeres de diversos contextos, culturas, clases sociales, niveles educativos, razas-etnias que han tenido lugares destacados y han contribuido al cambio social desde la lucha por la igualdad de género. Hay un conocimiento adquirido con respecto a los textos bíblicos que refieren a las relaciones de género que no se ha divulgado, ni se lee y no se da a conocer. Descubrir que las mujeres no fueron ni marginales ni pasivas, sino que participaron activamente con los hombres en la construcción de la ekklesia y en la evangelización y extensión del cristianismo y que se puede reconstruir parte de sus vidas-luchas-aportes, a pesar del ocultamiento en las fuentes y también el ocultamiento que hacen los que detentan el poder en las instituciones religiosas haría a la justicia de género.

¿Qué ha sucedido que por siglos en las bendiciones matrimoniales se ha predicado el relato de la mujer “como ayuda idónea” o la metáfora de Efesios sobre cuerpo y cabeza (iglesia-Cristo) para explicitar la vinculación de los esposos como la de Cristo y la iglesia reforzando la relación desigual y jerárquica entre marido y mujer y fortaleciendo la visión de que la esposa ha de someterse al marido? ¿Por qué no se ha trabajado más fuertemente el relato de la creación donde son creados al mismo tiempo, bendecidos por igual y donde la tierra se les da a ambos? Aunque sabemos hoy que las mujeres, cuidadoras y nutricias desde su rol socializado, sólo entre el 1 y 2 % son dueñas de la tierra.

¿Por qué no analizar los códigos domésticos presentes en la Biblia? Los que permean los textos bíblicos y hablan de los deberes entre los miembros de una familia y como debe ser gobernada una familia en su triple estructura relacional: conyugal (marido y mujer) – procreadora (padre, madre hijos) – servil (amo esclavo). Tal vez nos daríamos cuenta de cómo se siguen reproduciendo los códigos domésticos. Cómo se acentúa el modelo de familia patriarcal y peligrosamente se justifica cristológicamente. También es cierto que se introducen nuevos valores y actitudes que debemos encarnar los creyentes de la novedad de Cristo pero no se cuestionan los modos sociales de comprender la relación por ejemplo entre los esposos.

El capítulo 10 del evangelio de Mateo es considerado el discurso misionero de Jesús. Ahí Jesús reconoce el valor de la casa (12-13). De la casa abierta, que recibe, que se hace comunidad y comunión con Dios. Pero en el versículo 35 ataca duramente al tipo de familia de su tiempo y del nuestro, que se centra en un poder-autoridad del paterfamilias. Su mensaje supera la estructura de poder social, la estructura de poder religiosa y se dirige al interior de las familiares patriarcales, que de última sostienen la trama de desigualdades. Exhorta vehementemente al hijo a volverse contra su padre, a la hija contra su madre, a la nuera contra su suegra. No es un texto para mirarlo desde lo afectivo, sino a analizarlo en las relaciones de poder y con perspectiva de género. Un hijo varón que supere el lugar de poder que el patriarcado le asigna sólo por nacer varón; una hija mujer que supere el sometimiento en las relaciones sólo por nacer mujer; y las mujeres invitadas a la sororidad y no a la competencia que el propio sistema ha impuesto. Porque los Derechos Humanos también valen en casa.

¿Por qué interpretamos las sanaciones de Jesús, sobre todo con mujeres, desde el Génesis 3, como necesitadas de perdón, recuperadas para el sistema, devueltas a su rol? El texto de la mujer con el flujo de sangre (Lucas 8: 40 ss.) habla de la transferencia de poder. Jesús sintió que salía poder de él. La mujer “robó” el poder necesario para recuperar su dignidad. Del Poder que se roba al Derecho del Poder.
Las iglesias cristianas, comprendidas también las iglesias reformadas, han sostenido, desde lo “sagrado” el sistema patriarcal. La interpretación teológica que no incorpora los lentes de género se ha vuelto peligrosa para las mujeres. Las deja en los mismos lugares, reproduciendo los mismos roles, inmutables, de hace siglos tanto en la institución familiar como en las instituciones, incluida la iglesia, y en la sociedad en general. Podríamos preguntarnos donde están las iglesias protestantes acompañando los cambios sociales en lo que hace a los Derechos Sexuales y Reproductivos, a leyes como la Interrupción voluntaria del embarazo, a las marchas mundiales por NI UNA MENOS. Porque ahí es donde se hace la diferencia y donde se encarna el compromiso hacia la igualdad de género.

Invitadas/os a tejer un nuevo paradigma de interpretación, que saque a luz y limpie las explicaciones androcéntricas y misóginas de siglos de los textos bíblicos. Incorporar la hermenéutica de la sospecha de género que permita abrir el texto bíblico a nuevas y sanadoras interpretaciones de la realidad donde cotidianamente todas y todos jugamos nuestros roles de género. Realizar una “vigilancia” consciente, atrevida y que empuje los necesarios cambios para construir vínculos y sociedades libres de prejuicios, sororales y fraternas en lo que hace a las relaciones de poder. Y quién mejor que las iglesias de la Reforma, que se enfrentaron al máximo poder visible de su tiempo y acá están, ¿aún están?
Pero hoy, el máximo poder, que vuelve tremendamente desiguales las sociedades y los vínculos, está y por supuesto estuvo, al interior de nuestras vidas cotidianas. El máximo poder es parte de nuestras estructuras de poder familiar, institucional, social, cultural. El máximo poder que rige la fuerza de trabajo de varones y mujeres está tan naturalizado que se vuelve invisible y creemos que “las cosas siempre fueron así” y desde esos lugares seguimos interpretando los textos bíblicos. Pero si hablamos de clases sociales, de pobreza estructural, de cambio climático, de economías que desmantelan los pueblos, entonces sí hablamos de pecado, de un profundo pecado estructural, contrario a la voluntad de Dios. ¿Por qué no hablamos de pecado, entendido como aquello que se aleja de la voluntad de Dios, a las desiguales relaciones de género, que profundizan la injusticia y sostienen la violencia?

Este es hoy, uno de los desafíos de la Reforma Protestante, que no admite dilaciones. Las mujeres no admiten dilaciones. Porque ya no hablaríamos de cambio cultural, podríamos imaginarnos una revolución cultural, una sociedad nueva, una nueva esperanza que ilumine la utopía del Reino de Dios.

¡Y si esto nos produce crisis, bienvenida la crisis!

Pra. Blanca Armand Pilón

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Una respuesta a “EL IMPACTO DE LA REFORMA ¿EN LA EQUIDAD DE GÉNERO?”

  1. Silvia Rodriguez de Chiappero dice:

    Muchas gracias, Blanca, por tu valiente artículo.
    Como he estado investigando y escribiendo sobre las Mujeres de la Reforma, tus afirmaciones me son muy familiares. Yo me hice estas mismas preguntas, ¡considerando la premisa del “sacerdocio de todos los creyentes”! Claro, todo iba bien, hasta que apareció Marie Dentiere… y también Argula von Brumbach… y luego Margarita Fell Fox y su pretensiones de predicar…
    Me sorprendió igualmente enterarme que en la Revolución Francesa las mujeres no estábamos incluídas en las famosas: Libertad, Fraternidad, Igualdad. Sutil detalle pasado por alto en la historia positivista que se nos inculcó en la adolescencia… Costó las cabezas de unas cuantas mujeres ser reconocidas dignas de esos Derechos.
    Hay dos autoras que -si no las conocés- te las recomiendo porque te van a deleitar: Rute Salviano Almeida (Brasil) y Kirsi Stjerna (Finlandia)
    Saludos y bendiciones.

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