Apuntes de la Directora

La Pausa Necesaria

«No hay arte sin interés, pues precisamente este ingrediente estimula la fuerza del deseo, esta fuerza que provoca la perpetua búsqueda por el objeto amado. “Amamos aquello que no tenemos”, confirma Platón. El interés visceral del arte reside justo en esta cuestión: nunca se posee, siempre se escapa a otros territorios para que el hombre se abra hacia él, insatisfecho y esperanzado, y que siga buscándolo para siempre.
La verdadera obra de arte nunca podrá ser un medio de satisfacción: con mayor o menor fuerza insta al receptor a avanzar en la ruta del deseo.»
Marta Zátonyi, «Arte y creación. Los caminos de la estética»

El tema que planteamos en esta edición me hace recordar mis primeras épocas de facultad, y más aún mi primera clase de Introducción a la Historia del Arte, donde una mujer de setenta y pico de años estaba sentada en una de las mesas del aula con sus pies en una silla, hablándonos sobre su vida, sobre su niñez bajo una mesa de Hungría mientras estallaban las bombas de la Segunda Guerra Mundial. Una mujer de esa edad que viajaba en colectivo desde Buenos Aires a Santa Fe, alrededor de unas cinco horas, ‘sólo’ para enseñar arte. Su estrategia fue efectiva, tenía toda mi atención puesta en sus palabras.

Todavía sigo pensando en esas clases, incluso, sigo leyendo, construyendo y animándome a cambiar mi definición de arte. Esa profesora era Marta Zátonyi, quien piensa al arte como un invento del hombre: hecho por el hombre para el hombre, cuyo objetivo es ayudar a vivir. Me gusta pensar que es así, que ayuda a vivir.

En la forma en que pienso y siento la fe, creo que también persigue el mismo objetivo: busca una vida mejor, esa vida buena y abundante que Dios nos propone para todxs.

En la actualidad -y desde hace tiempo- uno de los desafíos más grandes es construir caminos alternativos a esta cultura consumista, en la que poseer es sinónimo de éxito, éxito es sinónimo de dinero, y dinero de felicidad. Es un desafío no preocuparnos por el paso del tiempo, porque somos parte de una cultura donde, justamente, el tiempo no alcanza, incluso a veces lo ‘perdemos’ haciendo cosas ‘inútiles’ como sentarnos en la vereda a mirar la gente que pasa o tirarnos en el pasto a disfrutar del sol. Pero en esta cultura obsesionada por la satisfacción inmediata y la funcionalidad en términos económicos; tanto el arte como la religión nos proponen una pausa, nos ayudan a detenernos en el caos de nuestra cotidianidad.

Ahí mismo es donde encuentro el punto de contacto más fuerte entre el arte y la fe, porque se constituyen como herramientas para que podamos vivir mejor. La religión, entre otras cosas, propone espacios y momentos para pensar (y pensarnos) críticamente, para reflexionar, para valorar, para encontrarnos -con nosotrxs mismxs y con otrxs-; como también lo hace el arte. Ambas son experiencias que desde la sensibilidad nos permiten ser libres, no sólo para experimentar, crear, soñar y sentir; sino también para compartir con otras personas ese ‘algo’ que las palabras no alcanzan a definir claramente. Ese ‘algo’ que puede ser la fe, los sentimientos que se despiertan al contemplar una obra de arte o el momento en que te das cuenta que el arte también es lo sencillo, lo cotidiano.

Que podamos refugiarnos, contemplar y transmitir desde el arte cuando las palabras no alcancen. Que la fe y el arte nos impulsen, insatisfechxs y esperanzadxs –como dice Zátonyi-, a la búsqueda y la construcción de esa vida plena y abundante para todxs. Que siempre sean esa pausa necesaria. Amén.

Daiana Genre Bert


Los comentarios están cerrados.