Lee en tu Biblia: Mateo 18:21-35.

Pedro plantea un problema muy humano: ¿Hasta dónde se puede o se debe perdonar? El texto contiene un juego simpático con el número siete. Pedro parece limitar el perdón a siete ocasiones, pero en su cultura, el número siete era considerado como el de la perfección. Es decir, Pedro parece ser sumamente generoso. Así que antes de juzgarlo al pobre apóstol como mezquino o incluso miserable para perdonar, preguntémonos si alguna vez hemos perdonado ya siete veces a un hermano o hermana. Comúnmente nuestra paciencia se agota mucho antes, y quizá ni llegue a tres o cuatro.

La respuesta de Jesús tiene un cariz dramático: ¡No siete, sino setenta veces siete! Retoma el siete, lo multiplica por diez y luego por el mismo siete. El número final, 490, equivale a “incontables veces”.

Un judío fiel de la época de Jesús podía oír aquí una referencia a Génesis 4:24, donde se habla de venganza séptuple de Caín y de setenta y siete veces de Lamec. Pero al contrario de lo que parece captarse a primera vista, el texto no sugiere un aumento de violencia, sino que se opone terminantemente al crecimiento de esa tragedia que hoy en especial azota a la humanidad. Es como decir Basta de una vez con venganza sobre venganza sobre venganza y así hasta la eternidad.

Con el gigantesco número de 490, Jesús sugiere que la única manera de ponerle fin a la espiral de la violencia es perdonar. Perdonar para empezar de nuevo, pero no sobre las mismas bases violentas, sino sobre bases de amor y convivencia. Perdonar al pecador, no al pecado, claro. El 490 afirma lo esencial de esa convivencia: el perdonar no puede tener límites.

Jesús ilustra su propuesta con una parábola en la que el beneficiado con un perdón inmenso no sabe o no quiere perdonar. La relación entre cien denarios (equivalente aproximadamente a tres sueldos mensuales y algo más de un jornalero) y diez mil talentos (una cantidad inmensa si a plata se refiere) es una ampliación hiperbólica de la relación entre siete y 490. Los cien denarios eran 600.000 veces menos que los diez mil talentos. Recibir entonces 600.000 perdones y no otorgar uno solo no tiene cabida en una mente sana.

El autor de la primera epístola de Juan comprendió muy bien esa propuesta de Jesús: Nosotros amamos, porque él nos amó primero (1 Juan 4:19). El amar y su consecuencia, el perdonar, no fluyen del miedo al castigo, sino del amor y del perdón que Él nos brindó. Solo con esa certeza podemos perdonar siete veces, 490 veces, 600.000 veces e incluso más. Pues el amor y el perdón en realidad no tienen medidas. Son totales o nada.

El texto es molesto, pues si hay algo que caracteriza a la sociedad mundial actual, es un estado de violencia, odio, corrupción e impunidad. Como producto de ello, casi todas las relaciones están intoxicadas de bronca, rencores y falta de paciencia y perdón. Jesús se animó a vivir de manera distinta. Al propio Pedro le perdonó 490 veces y más su negación. Considera que sus seguidores también lo pueden intentar.

¿Qué tal si empezamos hoy mismo?

René Krüger


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