El impacto principal de la Reforma Protestante en el campo del diálogo interreligioso y el ecumenismo, ha sido la liberación del evangelio de Jesucristo del dogmatismo y el moralismo de la iglesia medieval.

El criterio de verdad absoluta que tenía y que procurará consolidar la iglesia Católico-Romana a partir del concilio de Trento, ya no será hegemónico y las iglesias de la Reforma plantearan otro, a partir de la preeminencia de la Palabra de Dios testimoniada en la Biblia. Los esfuerzos y logros de la voluntad humana, por más ejemplares y espectaculares que parezcan, expresados incluso en el sentimiento y las prácticas religiosas de toda índole no logran más que tranquilizar la conciencia humana, porque por sí mismos no pueden franquear la distancia que separa a los humanos de Dios. Solo Cristo lo hace, como único mediador, para ofrecer perdón y salvación por la sola gracia de Dios.

La Iglesia, a partir de la Reforma, se concibe tal en la medida que recibe cada día el anuncio del evangelio de la sola gracia y a la vez sigue siendo consciente y respetuosa de la distancia que la separa de Dios, pidiendo y dejándose transformar por el poder del Espíritu Santo. Por eso las iglesias reformadas se forjan siempre en reforma, e incluso confían en las reformas que a partir del anuncio del evangelio, el Espíritu obra también en otras iglesias.

Al no poder identificarse totalmente con la Palabra de Dios revelada en la Biblia ni tampoco apropiarse de ella, la Iglesia entonces está desafiada a procurar criterios para reinterpretarla, comprenderla y aceptarla, y sobre esa base interpretar y comprender la realidad que la rodea. La Reforma tomará como criterio principal el cristianismo de los orígenes, colocando la cuestión de la salvación por encima del dogmatismo especulativo, emancipando el ordenamiento natural de la sociedad (matrimonio, familia, profesión, Estado) de la tutela institucional de la iglesia Católico-Romana y subordinándolos al espíritu de la fe y del amor incondicional, expresado en Cristo.

Las dos constantes principales del protestantismo: la búsqueda de fidelidad a la Palabra de Dios revelada en la biblia y la capacidad de ejercitar la crítica a todas las realizaciones históricas, incluyendo las propias, y tomar distancia de ellas, han abierto el camino al diálogo interreligioso y con otras espiritualidades y en forma especial al surgimiento del movimiento ecuménico.

Jesús llama a una vida nueva en comunión con Dios el Padre y con él (Juan 17,20-23), para que el mundo crea. El mundo podrá creer, no porque los cristianos se unan entre sí, sino porque son uno en Dios y en Cristo, es decir porque procuran vivir auténticamente la fe y el amor fundados en la verdad del evangelio.

En el movimiento permanente entre unidad y división de la Iglesia, rompimiento y reconciliación, incluso con otras fes, expresiones religiosas y espirituales, la vocación de diálogo y encuentro necesita también de diversos criterios de análisis y abordaje.

De allí la importancia instrumental de tres paradigmas y tres modelos que pueden ayudar a caracterizar y reconocer las posibilidades y los límites de las posiciones de las partes en diálogo. Los paradigmas son: exclusivismo, inclusivismo y pluralismo. Y los tres modelos de diálogo: apologético-misionero, ético y espiritual-místico.

El impacto de la Reforma Protestante en el diálogo interreligioso, con otras espiritualidades y el ecumenismo, sigue plenamente vigente y desafiante. Básicamente en términos metodológicos en cuanto a la necesidad de acordar criterios básicos de abordaje y como invitación y desafío a que en un diálogo franco y profundo con la otra persona o espiritualidad, siempre diferente, se sepa discernir de qué manera también en ella, el amor, la misericordia y la compasión de Dios muestran el rostro de Cristo allí encarnado. Y concretamente a partir de los problemas reales que enfrentan las personas en las sociedades y el mundo de la actualidad, que en términos generales se pueden resumir en: falta de justicia, de paz y de cuidado de la integridad de la creación.

Pr. Hugo Armand Pilón

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