Lee en tu Biblia: Mateo 20: 1-16

Muchas veces en la vida solemos mirar con enojo aquellas situaciones que nos parecen injustas. Ya sea en la calle, como en el trabajo, o haciendo un trámite, nos invade un sentimiento de enojo por algo que no nos parece correcto. Se activan nuestras alertas y nos dicen que algo anda mal, que determinada situación no es lo que debería ser.

Criticamos al Estado, criticamos a nuestros/as jefes/as, o a vecinos/as. De alguna manera, creemos que no se está haciendo justicia con nosotros o con cierta persona a nuestro alrededor. Continuamente, reclamamos nuestros derechos por lo que creemos que nos merecemos, de acuerdo a nuestros esfuerzos, y a las normas y leyes bajo las cuales nos regimos como sociedad.

Sin embargo, la justicia de Dios parece bastante más distinta y compleja que la nuestra. No es una meritocracia, tal cual lo vemos en la sociedad en la que vivimos. Es una justicia que toma otros aspectos en cuenta.

Jesús siempre puso su foco en atender a los más desprotegidos. Sus enseñanzas nos reclaman que pongamos nuestra mira en aquellas personas que están olvidadas por la sociedad.

De hecho, llama la atención que el dueño de la viña saliera varias veces en búsqueda de obreros, pudiendo hacerlo de forma definitiva en la primera vez. Sin embargo, una forma de interpretarla es que con esto, la parábola muestra cómo un dueño aprovecha una necesidad suya y de su viñedo para brindar oportunidades a personas que estaban en la plaza, desempleadas y esperando que alguien los contratara.

Jesús dignifica, poniendo al mismo nivel a las personas que nuestra sociedad deja de lado y olvida.

La pregunta es: ¿Por qué nos asombramos ante esto? ¿Por qué nos enojamos ante el bienestar de las personas a nuestro alrededor? ¿Acaso nos creemos merecedores de un mejor pasar por determinados esfuerzos, o por nuestra fe en Cristo?

El mensaje del Reino de Dios está cargado de Amor, y esto se refleja en una forma de vida que se alegra con el/la hermano/a, y que busca estar agradecido, más que reclamando. Al igual que con la salvación, la cual es un regalo, desarrollemos la práctica de gratitud por los diferentes regalos que vivimos diariamente, tanto nuestros como de nuestro entorno, y vivamos pensando en el bienestar de nuestro entorno.

Como dijo Martín Luther King en uno de sus discursos, “Estamos llamados a hablar por los débiles, por los que no tienen voz, por las víctimas de nuestro país y por aquellos a los que llama “enemigo”, porque ningún documento de manos humanas pueden hacer que estas personas sean ‘menos’ nuestros hermanos”.

Andrés López


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