El acontecimiento histórico de la Reforma nos ubica 500 años atrás con la protesta de Martín Lutero ante una iglesia que mercantilizaba la salvación y restringía el acceso a la lectura de la Biblia. Esta protesta dio un nuevo impulso a la Inquisición, que ya venía trabajando desde varios siglos atrás, desde el surgimiento del movimiento valdense, a fines del siglo XII en el sur de Francia, junto con otros movimientos de la prereforma. La persecución a estos nuevos cristianos y cristianas católicos que buscaban reformar la iglesia de su época nos remite también, entre muchas categorías de análisis, al tema de los cuerpos.

Una de las primeras conversaciones cuando hablamos de identidad protestante con niños y niñas en la iglesia valdense es la pregunta sobre las diferencias que vemos en el símbolo de la cruz. La diferencia salta a la vista y es la del cuerpo, signada por presencia y ausencia. El cuerpo crucificado y el cuerpo resucitado. El pasaje entre la muerte y la resurrección. La teología sacrificial y la teología de la esperanza, citando a Moltmann. (1)

En dónde habremos de colocar el énfasis será también desde dónde nos anclaremos para nuestro pensar sobre Dios y el quehacer teológico. La cruz habitada por un cuerpo torturado y crucificado se ancla en la idea del sacrificio y la culpa. Nos deja inmovilizados, nos transmite miedo, nos paraliza. La cruz vacía, sin embargo, no es la del cuerpo desaparecido, no es la imagen incorpórea y espiritualizada, sino que es el recordatorio de que el cuerpo de Cristo ha resucitado. Y en su resurrección y volver a la vida, representa también la gracia de Dios y la salvación alcanzada a todos y todas, sin vínculos de deuda o de culpa. Es la superación de la muerte en la resurrección. Es también la resurrección del cuerpo y los cuerpos en la promesa extendida a todos y todas. (2)

Desde ese lugar teológico pensamos nuestros cuerpos como templos de Dios, espejos de su imagen, diversos, únicos y habitados por su presencia. (3) Por eso, la persecución religiosa en el Medioevo fue la persecución de los cuerpos, el maltrato y la matanza. Porque torturando los cuerpos se siembra el miedo de las ideas, que terminan claudicando para salvar al cuerpo. Pero los cuerpos quedan deshabitados de Dios.

Esta historia de siglos de persecución nos coloca en un ámbito común con tantas otras historias de persecución y de cuerpos lastimados, dañados, violentados, desaparecidos, cada vez que una institución vinculada y asociada al poder dominante utilizó la fuerza para imponer las ideas (y debemos reconocer que las iglesias protestantes en muchas ocasiones olvidaron su identidad y raíces para justificar esquemas opresivos; por citar un par de ejemplos, recordamos las misiones en los pueblos originarios y la justificación del apartheid en África, los silencios cómplices de tantas iglesias en situaciones de injusticia y necesidad de denuncia).

La represión militar en tiempos de dictadura también intentó claudicar de las ideas diversas, desapareciendo los cuerpos cuantas veces fuera necesario hasta acabar con ellas.

La intolerancia frente a la diversidad sexual también intenta reprimir el cuerpo para que las ideas que hacen a una identidad queden encerradas en un clóset y no salgan a la luz.

El patriarcado también violenta los cuerpos maltratándolos como si fueran pertenencias de un patrón o de un varón, para que las ideas desaparezcan junto con los derechos. Por eso, un valor tan profundo como la laicidad sostiene que el Estado debe ser la garantía de la ciudadanía, y especialmente de las minorías, para la libertad de expresión en democracia. Sólo un Estado laico puede velar por esa garantía, y sólo una iglesia desatada del Estado y de todo poder económico, político o militar podrá alzar su voz profética cuando se pretenda avasallar la libertad humana. Sólo por medio del Estado laico todos y todas pueden hacer uso de sus derechos. Como iglesia minoritaria y como iglesia reformada, defendemos el valor de un Estado laico que nos represente a todos y todas por igual.

El vínculo con el Estado laico nos habilita también, en tanto minoría, a disentir. A poder otorgar a las iglesias el lugar que les corresponde dentro de la sociedad: una voz profética que no quede vinculada a los espacios de poder, que no sea deudora de favores ni esté atada a posturas que van en contra del Evangelio. Para que las iglesias sean proféticas y protestantes, el Estado debe ser laico en su más profunda convicción.

Desde esta mirada positiva del Estado laico, es fundamental que las valoraciones éticas cristianas sean promovidas dentro de los ámbitos religiosos en coherencia con cada identidad, sin invadir los espacios laicos desde las miradas propias. Para celebrar la diversidad y la tolerancia hay que cuidar la libertad.

Muchas veces, la libertad trae miedos, porque la libertad da lugar a preguntar, descubrir, disentir, elegir. Si logramos superar esos miedos, la libertad nos dará la posibilidad de que dentro de cada una de nuestras identidades religiosas podamos analizar, interpretar esa imagen de Dios que se refleja irrepetiblemente en nuestros cuerpos únicos, y poder asumirnos en diversidad, tolerancia y respeto.

(1) Moltmann, Jürgen (1981). Teología de la Esperanza. Salamanca: Sígueme.

(2) Alves, Ruben (1982). La teología como juego. Buenos Aires: La Aurora.

(3). Génesis 1,27; Romanos 12,1; Corintios 6,9.

Carola Tron | Teóloga y pastora de la Iglesia Evangélica Valdense del Río de la Plata. Dolores, Soriano, 2017


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