Lee en tu Biblia: Mateo 25:14-30.

La llamada “Parábola de los talentos” es una de las más difíciles de comprender pero trataremos de extraer un sentido que nos parece apropiado. Si Ud. dispone de una Biblia lo/a invito a leerla.

Jesús compara el Reino de Dios con “un hombre que, al irse de viaje, llamó a sus siervos y les entregó sus bienes. A uno le dio cinco mil monedas de plata; a otro dos mil; y a otro, mil, a cada uno conforme a su capacidad; y luego se marchó.” (Mt 25:14-15, versión RVC).

Los dos primeros pusieron a trabajar los bienes que el patrón les regaló y así pudieron sumar una cantidad igual a lo que habían recibido. Pero el último, por miedo a perder o por negligencia para no arriesgarse, entregó solamente lo que había recibido.

El último siervo puede ser un símbolo de aquellos maestros de la ley que no aceptaban lo nuevo de Jesús y lo criticaban porque sus enseñanzas y actitudes no se correspondían con la idea que ellos tenían de un auténtico maestro israelita.

O también puede ser una alusión anticipada a aquellas primeras comunidades cristianas que, por ser pequeñas, se sentían temerosas, achicadas y con serios problemas para sobrevivir.

Dios nos regala a cada uno/a dones, capacidades, habilidades y bienes que podemos poner a trabajar. Si nos domina el miedo trataremos de sobrevivir como podamos sin arriesgarnos a realizar nada nuevo. Nos faltará el impulso para probar que los regalos de Dios son para multiplicar, de lo contrario solamente estaremos apostando al durar, al existir sin sorpresas, apenas con una rutina que nos envuelve en lo que conocemos y nada más.

Lutero, Calvino y tantos otros se animaron a hacer producir los regalos que recibieron de Dios. Nosotros/as, si no nos arriesgamos a una misión renovada, quedaremos reproduciendo los viejos frutos pero no sembrando las semillas de los nuevos.

Y la misión es la presencia y la acción de la iglesia en la sociedad. Aquí se juega nuestro trabajo como iglesia, porque la vida cristiana está compuesta de la gracia (regalo en sentido general) de Dios y de nuestro compromiso activo. Dios siempre nos ofrece sus regalos; depende de cada uno/a ver qué hace con ellos.

Además depende de las decisiones que tomemos como iglesia y de los riesgos que estemos dispuestos a afrontar, cómo será la misión en la cual nos involucremos. Sin misión no hay iglesia.

Álvaro Michelin Salomon


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