Al contemplar las montañas me pregunto:
¿De dónde vendrá mi ayuda?
Mi ayuda vendrá del Señor,
creador del cielo y de la tierra.
Salmo 121: 1-2

No siempre, pero muchas veces me da por leer en Internet comentarios de los lectores a las noticias de los diarios por ejemplo. Abundan, sobreabundan. Si la noticia habla de hechos popularmente sensibles, desbordan. Y si tienen una cuota de violencia y morbosidad, son casi inabarcables. Alguien podría preguntarme para qué los leo. En su inmensa mayoría no destilan más que sentimientos primarios de venganza, de ejercicio de una justicia sin entendimiento de la cual sólo queda libre el dueño de la opinión, aportes de soluciones gratuitas siempre amparadas en la absoluta impunidad que da el anonimato. ¿Qué valor tienen? Como aporte casi ninguno, pero sí como espejo de nosotros mismos. El derecho a la irresponsabilidad que nos da el anonimato y el ningún compromiso con lo que opinamos en esos foros en los que nadie nos pidió opinión, son una suerte de espacio casi terapéutico en el cual es abolido todo intento de auto represión. Aparecemos desnudos tal cual somos.

Y yo, que jamás escribí en un foro de este tipo, que aunque quisiera hacerlo creo que no podría porque no sé técnicamente cómo se hace, no puedo sentirme ajeno. Mi imagen también en parte está reflejada en ese espejo en el que no quiero verme, pero estoy. Por acción o por omisión soy parte de ese conjunto vocinglero necesitado de reflexión y de oración.

Discursos llenos de respuestas pero sin preguntas, cargados de voces pero sin oídos, con todas las soluciones pero ignorantes de los problemas, con una razón sola guardada en el puño que sostiene su autoridad en la ignorancia de todas las demás. En esa Babel que a veces equivocadamente llamamos comunicación, también estoy. A veces porque he decidido estar, otras porque me he mantenido afuera. La realidad abarca ambas cosas y en un lado o en otro me encuentra. Somos también lo que no nos gusta y ahí radica el gran desafío. Si soy parte del problema, también puedo ser parte de la solución. Si no me veo allí y no siento la responsabilidad de estar, no podré aportar nada.

Pero ¿de dónde vendrá mi ayuda?, ¿de dónde tendré claridad para analizar, capacidad de tomar distancia que me acerque a las problemáticas de la vida? ¿de dónde sacaré la capacidad para tener una crítica tan profunda como amorosa con aquellos a los cuales estoy llamado a sentir como prójimos por más distante que los sienta? Y cómo el salmista al cual le pedí la pregunta: ¿de dónde vendrá mi ayuda?, también puedo responder, “mi ayuda vendrá del Señor, creador del cielo y de la tierra”. Mi ayuda vendrá por la oración, que es tan necesaria a nuestra sociedad como el agua al sediento. Tan olvidada donde todo el mundo tiene la palabra, y tan necesaria para dejar hablar al Señor, dueño de la Palabra que las nuestras a veces no dejan oír.

Mi ayuda vendrá del Señor, él no nos desamparará. Busquemos entre tantas voces, una, la suya.

Pastor Oscar Geymonat, Colonia Valdense, Uruguay


Los comentarios están cerrados.