“Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia” (Mc.1:11)

Me pregunto como habría sido esta historia si al momento de ser bautizado, Jesús no hubiese oído voz alguna. O si en lugar de esa expresión hubiese escuchado otra cosa.

La voz podría haber vaticinado que él moriría dentro de poco, que llevaría una vida sin descanso o que sería despreciado por muchos. También podría haber mostrado temor o preocupación por Jesús, la típica ‘aprensión materna’. Pero en lugar de eso lo que Jesús oye son palabras de ánimo. Una voz que le hace sentirse amado. “Sos mi hijo, te quiero, me hacés feliz”. Eso basta.

Mis tres décadas transcurridas alcanzan para comprender lo importantes que han sido para mí tantas voces. Las voces que me arrullaron, las voces que me hicieron sentir valioso, las que demostraron confianza en mí y hasta las que me llenaron de coraje en momentos difíciles. Son voces que me hicieron sentir querido.

Pero existen otras voces, las que nos detienen, las que desmoronan la autoestima, la que instalan el miedo, el prejuicio o la burla. Porque también callamos o decimos cosas terribles sobre los demás. Depositamos sobre ellos/as nuestros temores e inseguridades, rencores y veleidades, e incluso nuestras ínfulas de superioridad.

Un docente dice que a un estudiante “no le da la cabeza”, una madre dice que su hija “siempre fue torpe”, un muchacho controla a su pareja “para que no ande callejeando”. De forma intencionada o inconsciente, las voces lúgubres proyectan cosas funestas sobre mí. Muy distinto a lo que aquella vez oyó Jesús.

No podemos hacer que vengan voces del cielo, pero quizá podamos transformar las nuestras. El bautismo es señal de conversión, convirtamos entonces nuestras voces. Todos necesitamos que nos tengan fe.

Vos, que nos acunás en sueños y que acariciás con tu mano cada pensamiento. Un solo deseo tengo para este nuevo año. Que nadie deje de oír en su vida al menos una voz, una sola bastaría. Que le diga que la aman así como es, que lo haga sentir valioso a pesar de todo, que su sonrisa muestre que le tienen fe, que alguien apriete su hombro y le diga “lo importante acá sos vos…”. Amén

Javier Pioli


3 respuestas a “ESAS VOCES QUE OIGO”

  1. Gustavo dice:

    ¡Excelente Javier! hermoso.

  2. Maria Rosa Vigna dice:

    Gracias Javier!! tu ” deseo” es …esperanza y oportunidad de cambiar nuestra actitud.Excelente reflexión.
    saludos.

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